¿Hasta cuando?
Acabo de regresar a Asturias de pasar unos días descanso y desconexión en la otra orilla del río Eo. Como de costumbre aquella tierra me resultó acogedora en extremo y pude asistir al gozoso espectáculo de un pueblo que habla su lengua con entera libertad y sin que con ello se pretenda disgustar u ofender al visitante; para mayor satisfacción coincidimos, mi mujer y yo, con un grupo de catalanes que dieron lugar a una curiosa anécdota. Una de las noches, mientras hacíamos tiempo en la barra del pequeño bar del recoleto pazo en el que pasábamos nuestros días de descanso, entraron los catalanes y mientras unos nos saludaron con un “buenas noches” un tercero lo hacía con un “bona nit”, inmediatamente su esposa le dijo “te están diciendo buenas noches” a lo que el hombre volviendo sobre sus pasos nos pidió disculpas achacando el “desliz” a la costumbre. No sólo aceptamos sus disculpas sino que le hicimos ver que habíamos entendido el saludo perfectamente, de la misma manera que comprendíamos el “boas noites” con que nos saludaban los regentes del establecimiento hostelero. Por fortuna con un poco de buena voluntad es fácil entender cualquiera de las lenguas romances de se hablan en esta España de nuestros pecados.
Viene lo anterior a cuento de lo que me encuentro en la prensa regional de hoy domingo, dos de los diarios que se publican en Asturias dedicaban su portada a informar de la incomunicación por carretera en la que, una vez más, se encontraba sumida nuestra región y ello a pesar de contar con una autopista de peaje. Aprovecho para volver a reclamar la retrocesión de la concesión, graciosamente extendida por veinticinco años más por aquel ministro de Fomento que tanto se interesaba por los problemas asturianos, D. Francisco Álvarez Cascos, y de cuyo interés es una excelente muestra la ampliación comentada, en base a los sistemáticos incumplimientos que un año sí y otro también se producen en esta vía en cuanto nos toca una invernada como la que sufrimos en estos días y que no es “rara avis” sino algo bastante normal por estos lares.
El otro diario, el que un día sí y otro también se rasga las vestiduras “defendiendo los intereses regionales” se dedicaba a informar a cuatro columnas de las cantidades que nuestra región recibiría de menos en el caso de que el Estado llegase a firmar un acuerdo de financiación con Cataluña del mismo tenor que el que disfrutan Navarra y el País Vasco (el orden en este caso tiene la importancia de la antigüedad con que ambas CCAA disfrutan de tales privilegios, la primera de ella no los perdió ni en la dictadura franquista ). Parece que, tras el descalabro electoral sufrido por su protegido, el alcalde de la capital, se debe volver a las andadas del agravio comparativo y la guerra entre comunidades.
Curiosamente nunca he escuchado desde los medios de opinión de esta derecha casposa y ruin que aún tenemos en España ni una sola queja en contra de excepcional convenio de financiación del que viene disfrutando, como ya queda dicha una líneas más arriba, la Comunidad Autónoma de Navarra. ¿Cuánto nos está costando a los asturianos ese convenio? Nos gustaría que los sesudos profesores que se dedican a analizar la cosa esta de las finanzas públicas nos contasen todas las verdades de este espinoso asunto no vaya a ser que acaben cargando con la culpa los de siempre y, oh cielos, estos son últimamente los ciudadanos de Cataluña que, como comentaba al principio, no suelen ir por la vida pisoteando al personal sino y muy al contrario procuran discurrir fuera de su CA con el más exquisito de los respetos
Pero volviendo a lo que nos interesa, resulta extraño que la preocupación por los intereses asturianos nunca se centre en aquellos problemas que afectan a empresas, personas o instituciones intocables al parecer de los editores del citado diario. Tal parece que los intereses de esta tierra son única y exclusivamente los de cuatro individuos, empresas o instituciones y no los del resto del cerca del millón de habitantes que sufrimos, en bastantes casos, las decisiones de esos privilegiados pegados como “llámpares” a todos los resortes del poder tanto económico como político y en este segundo caso y curiosamente mande quien mande.

