Asturias no es tierra en la que se hayan prodigado los santos de la santa madre iglesia romana católica y apostólica, aunque para paliar ese déficit algunas personas se han encargado de subir a los altares laicos de la sociedad civil a una serie de personajes que, de seguirse los trámites canónicos en aquella, no hubiesen llegado, tan siquiera, a la condición de beatos. A dos de ellos quiero dedicar un recuerdo en estas líneasen un intento, no se si baldío, para que las nuevas generaciones y alguna no tan nueva tengan cabal cuenta de quienes son.

1. D. Gustavo Bueno
Quizás el paradigma sea el profesor D. Gustavo Bueno, adorado por buena parte de sus numerosos alumnos, prototipo del ególatra endiosado que piensa que tiene la potestad de hablar ex-cátedra, cual sumo pontífice, de lo divino y lo humano sin que nadie tenga el más mínimo derecho a contradecirle ya se hable de filosofía ya se discuta de como atornillar una simple estantería.
Pienso que el dicho “contra Franco vivíamos mejor” debe estar grabado a fuego en las neuronas de este profesor que en aquella época era martillo de fascistas hasta ell extremo de, parece, haber sido víctima de las iras de alguno de los múltiples grupùsculos que deambulaban por la periferia del régimen encargados, “motu propio” en muchas ocasiones, de tratar de meter en vereda a quienes se desmandaban. La verdad es que los desmanes del profesor riojano no debieron inquietar demasiado a aquel régimen pues no tuvo que sufrir la misma suerte que algunos de sus colegas privados de cátedras y “modus vivendi”.
Con el paso del tiempo el martillo de fascistas ha devenido en un individuo intolerante hasta el paroxismo, empeñado en aparecer de modo continuo en el escaparate, sin pararse en barras con tal de ser diario motivo de controversia. Vendido al mejor postor, no le importa defender los más peregrinos y nefastos postulados; ya sea la oportunidad de volver a la barbarie de la reimplantación de la pena de muerte, ya sea el mantenimiento del nombre de una plaza pública en honor de quienes desataron la más feroz de cuantas guerras civiles sufrimos en esta España de nuestras desgracias; ya sea una exacerbada crítica a un gobierno democráticamente elegido; ya sea el negar la igualdad de todos los votos al precisar que valen más los provenientes de la clase “pensante” que los de la clase alienada por unos programas televisivos en los que, por cierto, no tuvo el menor empacho en participar. Al final, parece haberse convertido en un dócil servidor de la mano que mueve la cesta.
Realmente parece mentira que un filósofo pueda caer en pecados aparentemente reservados al común de los mortales.
2. D. José Ángel Fernández Villa
Hete aquí como en unos pocos años se pueden echar por tierra los afanes de algunas generaciones de sindicalistas y el prestigio y la memoria de quien fuera el fundador del Sindicato de Mineros Asturianos (SOMA), D. Manuel LLaneza, por mor de los tejemanejes de un funesto personaje como D. José Ángel Fernández Villa.
Con la razón de la fuerza que suponían, en un tiempo ya lejano, los miles de ocupados en las minas asturianas, este individuo hizo y deshizo gobiernos regionales a su antojo y a mayor gloria de una megalomanía difícilmente comparable con algunos otros ególatras que pululan por la tierra astur.
Gracias a sus esfuerzos se dilapidaron cientos de millones en obras sin el menor sentido y la menor planificación. Autovías sin usuarios, campus universitarios sin alumnos a quienes acoger (y en detrimento de los ya existentes) , fastuosas prejubilaciones que sirvieron para que sus usufructuarios cambiasen los tristes paisajes de las cuencas mineras asturianas por los espacios abiertos de la costa asturiana, en el mejor de los casos, o las macro-urbanizaciones que destruyeron buena parte del litoral mediterráneo y que no coadyuvaron al alto interés con el que fueron pensadas mantener vivos los tejidos sociales de unas zonas en el tránsito de una situación socioeconómica del XIX a la del XXI . Embarcó a la Caja de Jubilaciones de la Minería (venerable institución que fue capaz de subsistir incluso en tiempos de la dictadura) en rocambolescas operaciones especulativas con el ladrillo en la lejana costa almeriense. Juró que para cerrar un solo pozo de los muchos que existían en las cuencas mineras asturianas debería pasarse antes por encima de su cadáver. Los pozos se cerraron, pero el cadáver presenta muy buen aspecto, un poco alicaído sí, con respecto a los años de gloria por mor del descenso del rol minero, aunque todavía se atreva a gallear entre el aplausos de los muchos paniaguados que le deben alguna que otra canonjía. Y entre todo eso un poco de especulación urbanística con el legado del Orfanato Minero.

Algunos santones quedan pero el espacio es corto y la paciencia del lector seguramente lo será aún más. Tiempo habrá por delante para volver a remover las aguas mansas de la alienada desmemoria asturiana y recordar a algunos de los benefactores de una tierra, Asturias, que no se merece a semejantes personajes.

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