El paso del cangrejo
Hace poco más de un mes la noticia ocupaba la primera página de todos los medios de comunicación, el Gobierno y los sindicatos se rasgaban las vestiduras ante el retroceso que suponía una medida como la aprobada, a falta del “placet” del Parlamamento Europeo, por la Comisión Europea y, parafraseando al clásico, “olvidose y no hubo nada”. Hablo de la jornada laboral de 65 horas semanales, máxima, claro está; no de obligado cumplimiento, faltaría más; en España no se aplicará, para eso tenemos un Gobierno de “izquierdas”, y unos sindicatos “preocupados” por las conquistas sociales que tantos años de lucha han necesitado.
La verdad es que aquí y ahora la legislación laboral, cada vez más a favor del empresario, es poco menos que papel mojado por la lenidad de unos funcionarios de trabajo cuya principal misión es achicharrar al autónomo, un Gobierno que traga lo que le echen con tal de que no se produzcan masivas deslocalizaciones y unos sindicatos atentos únicamente a sus tradicionales “caladeros”, la industria, las grandes empresas y la administración pública. Así que está claro que aquel llanto y crujir de dientes de los dos o tres días siguientes al anuncio, no fueron otra cosa que un lavado de cara para que el status quo se mantuviese tal cual. Y aquí paz y después gloria.
A pesar de las triunfalistas alharacas sobre la conciliación de la vida laboral y familiar ,y otras zarandajas por el estilo, para uso y disfrute de colectivos muy concretos, principalmente funcionarios públicos y/o trabajadores de empresas públicas, la realidad es otra y bastante más dura. Jornadas interminables, de obligado cumplimiento y sin la correspondiente contraprestación económica, son práctica habitual en múltiples sectores de nuestra economía ante la pasividad de quienes se suponen deben velar por el estricto cumplimiento de la Ley, los funcionarios del Ministerio de Trabajo; si la pasividad de estos es flagrante, ¿Qué decir de los sindicatos? Asisten a todo el espectáculo cual convidados de piedra, prestos a recoger la soldada que se deriva de su mansedumbre, y que no sirve más que para mantener complejos entramados burocráticos cuya finalidad última es asegurar su propia existencia hasta el extremo de sentarse, sin el menor problema, en la mesa de dirección de rimbombantes fundaciones en compañía de aquellos que se dedican a explotar, miserablemente y con la anuencia sindical, a quienes en teoría deberían defender.
Puestas así las cosas, parece claro que la directiva europea no bien más que a consagrar una situación de facto y a la que se ha llegado con la aquiescencia, por activa o por pasiva, de quienes deberían haber evitado que la situación alcanzase el deterioro en el que se encuentra.
Por otra parte, no cabe duda de que las víctimas de esta situación son copartícipes, en menor medida pero no inocentes en absoluto, de esta situación al haber consentido, con poca o ninguna oposición, el que las condiciones de trabajo llegasen al deterioro en el que se encuentran en la actualidad. Esperemos que, al final, la cuerda acabe por romperse cuando la situación se haga tan insoportable para los nuevos esclavos que, al fin, se den cuenta que vale más morir de pie que vivir de rodillas y que, todos unidos, no habrá aquello de “si no lo cojo yo otro lo hará y a lo mejor por menos”.


