Artículo publicado en el nº 22 de “El Norte Económico”
Hablaba en mi anterior artículo (El Norte Económico, diciembre de 2008) de los oportunidades que la crisis actual del capitalismo representa para la concreción de un nuevo sistema en el que los valores humanistas sean la base sobre la que se asiente un nuevo sistema global. En las líneas que siguen pretendo desarrollar algunos aspectos de aquellas reflexiones.
Hasta la fecha, y desde la llegada de Reagan al poder –lady Thacher mediante-, se ha considerado a la economía como el principal agente regulador de las relaciones humanas, relegando a la política y al humanismo al rincón de los trastos viejos e inservibles. Las sucesivas crisis económicas y, lo que es más grave, las humanitarias que se viene sucediendo, exigían que las cosas volviesen a su cauce y que la economía, si es que es posible considerarla como una ciencia a estas alturas de la película, se pusiese al servicio del hombre.
No se puede negar la necesidad de los mercados, nada que ver con el dios mercado sacralizado por quienes confunden libertad con capacidad de acceder a posiciones monopolísticas u oligopolísticas, aunque, para que estos sirvan realmente a sus fines, deban estar sometidos a la intervención de órganos reguladores independientes y que, en tanto encontremos una mejor alternativa, parece que esta función deba estar reservada al Estado en tanto que representante de los intereses de todos los ciudadanos.
No es posible abrir y cerrar paréntesis, es necesario un punto y aparte. La globalización debe ser interpretada como una ocasión de redistribución de la riqueza y como el medio para que materias primas, bienes, servicios y capitales circulen no libremente, sino en función de las necesidades de unos y otros. En este sentido es inadmisible que el precio de las materias primas se encuentre al albur de movimientos especulativos cuyos únicos beneficiarios son aquellos que tienen capacidad financiera, política o de información para influir en unos mercados en los que la volatilidad ha venido de la mano de la “fraudulenta” utilización de las nuevas tecnologías. Los organismos internacionales deben retomar el papel que no deberían haber perdido nunca y convertirse en árbitros de los movimientos económicos globales, de tal manera que la estabilidad de los precios de las materias primas, en niveles suficientes para que los productores reciban una retribución justa, permita iniciar la senda de un desarrollo sostenible. Por supuesto que, desde esta opción, el papel del FMI o el del BM debe acometerse desde un cambio de mentalidad mediante el abandono de lo que hasta ahora se consideraban políticas económicas ortodoxas, la ortodoxia debe cambiar de signo. En este sentido quizás sea el momento de poner en práctica impuestos a los movimientos financieros del tipo de la “tasa Tobyn”.
Por lo que hace a la adopción de medidas éticas, parece que los primeros pasos han de darse en una regulación de las retribuciones que perciben los directivos de las grandes empresas y que, en las circunstancias actuales, resultan absolutamente obscenos (¿cómo calificar, sino, la llegada de los pedigüeños de la industria americana del automóvil, en jets privados, a una reunión de la que esperaban obtener el respaldo del gobierno USA para sus empresas prácticamente en quiebra?). No es éticamente admisible que las diferencias retributivas alcancen niveles de 1000 a 1 entre el nivel inferior y el superior de cualquier sociedad.
Espero, en próximas intervenciones, si la benevolencia de la publicación me lo permite, continuar desarrollando los que en mi opinión deben ser los fundamentos de un nuevo sistema económico.

Epero que sigas pudiendo hacer estos artículos.. Estoy de acuerdo con tu visión . Enhorabuena.