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Sostenella y no enmendalla

Blogged in Economía Viernes Diciembre 5, 2008 a las 2:09 pm

Hay algo más español que persistir en el error a pesar de que todas las evidencias nos demuestren que nuestra posición es insostenible? Evidentemente no. Y los hechos actuales corroboran esta triste desviación genética, presente en un buen número de españoles de toda suerte y condición aunque, curiosamente, últimamente parece haberse recluido en el grupo de los que defienden la bondad del pensamiento único y se mueven en una actitud absolutamente acrítica sobre lo que ha sido la historia más reciente. La caída del comunismo, hizo que algunos desinformados y poco dados a la reflexión se creyesen el cuento de le lechera en formato libertad de mercado, crecimiento indefinido y, como consecuencia, el triunfo de la otra gran corriente económica, el capitalismo llevado a sus últimas consecuencias: todo vale con tal de que los beneficios sigan creciendo de forma exponencial aunque no se sepa muy bien de donde salen y se admita cualquier tipo de artimaña de ingeniería financiera para mantenerlos a corto plazo, cada vez a más corto plazo.

Todo valía, no existía más ética que la de tanto tienes tanto vales y, al final la burbuja explotó. La lechera despertó de su cuento y nos dimos cuenta de que Friedman y sus “chicago boys” nos habían estado estafando. El mercado es incapaz de autorregularse. ¿Quién lo va a hacer si eso supone una merma en sus beneficios y el sistema te impele a la avaricia y a multiplicar las ganancias sea como sea?

Hace un par de meses, y en estas mismas páginas, pedía más Estado, más intervención y más regulación. Este corto lapso de tiempo nos está trayendo más dedicación de dineros públicos a salvar la esencia del capitalismo, la banca, al mismo tiempo que algunas mentes privilegiadas que parecen vivir en otro planeta se empecinan, cosa muy española, en seguir predicando las bondades de algo que, empíricamente hemos comprobado, no funciona: el sacrosanto mercado.

Hasta aquí historia conocida por más que algunos se empeñen en disfrazarla. Es posible que algún incauto se crea los lamentos de las plañideras del libre-mercado, pero todos deberíamos ser conscientes de que estas cobran por sus lamentos, ni siente ni se creen lo que dicen (bueno es posible que algunos aún sean capaces de ver al rey vestido, pero todos estaremos de acuerdo en que necesitan una rápida visita al oftalmólogo).

La cuestión es y ahora ¿qué? Obviamente podemos hacer como que no pasó nada, creernos que vivimos en el mejor de los mundos y que tras este susto, el mercado aprenderá y tomará las medidas necesarias para acentuar la autorregulación y modificar aquellas leyes que se hayan demostrado ineficaces.
Cometeremos un tremendo error si adoptamos esta postura. Esta crisis, al igual que todas las otras
pequeñas crisis que tuvieron su base en lo mismo, la falta de ética, la insolidaridad, el todo vale con tal de ganar cada vez más a costa de lo que sea. No se trata de algunos pequeños fallos en el sistema. Es el sistema en sí el que se ha demostrado inservible. No se trata de refundar el capitalismo si no de encontrar un sistema capaz de garantizar los mismos derechos para toda la humanidad.
¿Será la socialdemocracia la solución? ¿Keynes? ¿Ninguna de las dos y algo nuevo? Es el momento en que, con serenidad, reflexivamente, comencemos a pensar en cambiar el sistema. Está demostrado, hay que ser tonto para no verlo, que el actual no sirve y aunque la transición puede ser larga habrá que ir pensando en un sistema regulado por la ética y por valores, que viejos pero que nuevos al tiempo, como Libertad,  Igualdad y Fraternidad. Los tres juntos, por separado pueden dar lugar a situaciones aberrantes; los tres juntos, repito, son los únicos capaces de enderezar el sistema y encauzarlo en la senda de la auténtica libertad, la del mercado también, la verdadera igualdad, la de todos iguales en un mercado realmente libre, y la de la fraternidad para que dejemos de tener que apartar la vista del televisor o pasar rápidamente algunas páginas de nuestros periódicos cuando, de tarde en tarde y cuando la catástrofe alcanza cotas insoportables, nos enseñan imágenes que nos llenan de oprobio y vergüenza porque todos somos culpables, todos consentimos que el sistema se deslizara por los derroteros que nos llevaron a la situación actual.

El capitalismo está muerto, lo han certificado sus máximos impulsores. El mercado tal y como está  concebido hasta el momento, ley del embudo mediante, también. No perdamos ni tiempo ni energías en
tratar de prolongar la vida al moribundo, dejemos que se muera sino con dignidad, sí al menos en paz para, sobre todo, tranquilidad de quienes pensamos que otro sistema económico es posible y en el que
todos, absolutamente todos puedan disfrutar de las mismas oportunidades. Eso es libertad
de empresa y de mercado, no aquello en el que unos pocos son capaces de manipular hasta los extremos que hemos conocido unas escasas reglas en beneficio propio y en contra de la mayoría de la humanidad.

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