Una vez constatada la ineficacia comunista y la inviabilidad del sistema capitalista embarrancado en sus propios errores, parece llegado el momento de plnatearse alguna alternativa que nos permita llevar una vida más saludable desde el punto de vista ético amén de mas acorde con los principios humanistas, y que no se encuentre en contraposición con el crecimiento sostenible.
Los desastres financieros a los que estamos asistiendo tienen todos ellos un extrañó punto en común, los altos ejecutivos, culpables en todos los casos de la bancarrota de las empresas que dirigen, se van a sus casas con jugosas indemnizaciones pactadas cuando controlaban unos consejos de administración que, haciendo dejación de sus obligaciones legales -velar por la buena marcha de las empresas que gestionaban en nombre de los accionistas-, firmaron alegremente generosas indemnizaciones pagadas hasta en los casos de bancarrota. Afortunadamente el país paraiso del liberalismo más salvaje ha sabido reaccionar a tiempo y, como los contratos están para ser cumplidos, se ha sacado de la manga de sus legisladores una, celebrable, ley que grava, con efecto retroactivo, bonus, pluses y demás zarandajas con las que se autopremiaron quienes hundieron las empresas que gestuonaban. Buen tanto.
Metidos en faena no estaría de más que, en nuestro país sin ir más lejos, se legislase en orden a que la diferencia entre el salario mínimo y el máximo estuviese dentro de unos límites éticamente aceptables y no en relación 1 a 100 o más. Esto debería hacerse en dos sentidos, elevando el salario mínimo a cantidades mínimamente dignas y reduciendo los salarios máximos a límites mínimamente éticos. Dado que resulta difícill delimitar los salarios máximos por decreto ley la solución vendría dada por una política fiscal realmente progresiva y que impida la existencia de diferencias salariales altamente escandalosas.
No es justificable, bajo ningún concepto, en una sociedad que busque apoyarse en ideales de Libertad, Igualdad y Fraternidad que las diferencias entre las diferentes capas sociales se vean gradualmente incrementadas ante la pasividad de unos poderes públicos cada día más despegados de la realidad social mayoritaria en el país que, se supone, deben encaminar por senderos de la máxima felicidad colectiva.
He dicho
