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POR UNA ECONOMÍA AL SERVICIO DEL SER HUMANO

Blogged in Economía Martes Diciembre 30, 2008 a las 1:26 pm

Artículo publicado en el nº 22 de “El Norte Económico

Hablaba en mi anterior artículo (El Norte Económico, diciembre de 2008) de los oportunidades que la crisis actual del capitalismo representa para la concreción de un nuevo sistema en el que los valores humanistas sean la base sobre la que se asiente un nuevo sistema global. En las líneas que siguen pretendo desarrollar algunos aspectos de aquellas reflexiones.

Hasta la fecha, y desde la llegada de Reagan al poder –lady Thacher mediante-, se ha considerado a la economía como el principal agente regulador de las relaciones humanas, relegando a la política y al humanismo al rincón de los trastos viejos e inservibles. Las sucesivas crisis económicas y, lo que es más grave, las humanitarias que se viene sucediendo, exigían que las cosas volviesen a su cauce y que la economía, si es que es posible considerarla como una ciencia a estas alturas de la película, se pusiese al servicio del hombre.

No se puede negar la necesidad de los mercados, nada que ver con el dios mercado sacralizado por quienes confunden libertad con capacidad de acceder a posiciones monopolísticas u oligopolísticas, aunque, para que estos sirvan realmente a sus fines, deban estar sometidos a la intervención de órganos reguladores independientes y que, en tanto encontremos una mejor alternativa, parece que esta función deba estar reservada al Estado en tanto que representante de los intereses de todos los ciudadanos.

No es posible abrir y cerrar paréntesis, es necesario un punto y aparte. La globalización debe ser interpretada como una ocasión de redistribución de la riqueza y como el medio para que materias primas, bienes, servicios y capitales circulen no libremente, sino en función de las necesidades de unos y otros. En este sentido es inadmisible que el precio de las materias primas se encuentre al albur de movimientos especulativos cuyos únicos beneficiarios son aquellos que tienen capacidad financiera, política o de información para influir en unos mercados en los que la volatilidad ha venido de la mano de la “fraudulenta” utilización de las nuevas tecnologías. Los organismos internacionales deben retomar el papel que no deberían haber perdido nunca y convertirse en árbitros de los movimientos económicos globales, de tal manera que la estabilidad de los precios de las materias primas, en niveles suficientes para que los productores reciban una retribución justa, permita iniciar la senda de un desarrollo sostenible. Por supuesto que, desde esta opción, el papel del FMI o el del BM debe acometerse desde un cambio de mentalidad mediante el abandono de lo que hasta ahora se consideraban políticas económicas ortodoxas, la ortodoxia debe cambiar de signo. En este sentido quizás sea el momento de poner en práctica impuestos a los movimientos financieros del tipo de la “tasa Tobyn”.

Por lo que hace a la adopción de medidas éticas, parece que los primeros pasos han de darse en una regulación de las retribuciones que perciben los directivos de las grandes empresas y que, en las circunstancias actuales, resultan absolutamente obscenos (¿cómo calificar, sino, la llegada de los pedigüeños de la industria americana del automóvil, en jets privados, a una reunión de la que esperaban obtener el respaldo del gobierno USA para sus empresas prácticamente en quiebra?). No es éticamente admisible que las diferencias retributivas alcancen niveles de 1000 a 1 entre el nivel inferior y el superior de cualquier sociedad.

Espero, en próximas intervenciones, si la benevolencia de la publicación me lo permite, continuar desarrollando los que en mi opinión deben ser los fundamentos de un nuevo sistema económico.

Sostenella y no enmendalla

Blogged in Economía Viernes Diciembre 5, 2008 a las 2:09 pm

Hay algo más español que persistir en el error a pesar de que todas las evidencias nos demuestren que nuestra posición es insostenible? Evidentemente no. Y los hechos actuales corroboran esta triste desviación genética, presente en un buen número de españoles de toda suerte y condición aunque, curiosamente, últimamente parece haberse recluido en el grupo de los que defienden la bondad del pensamiento único y se mueven en una actitud absolutamente acrítica sobre lo que ha sido la historia más reciente. La caída del comunismo, hizo que algunos desinformados y poco dados a la reflexión se creyesen el cuento de le lechera en formato libertad de mercado, crecimiento indefinido y, como consecuencia, el triunfo de la otra gran corriente económica, el capitalismo llevado a sus últimas consecuencias: todo vale con tal de que los beneficios sigan creciendo de forma exponencial aunque no se sepa muy bien de donde salen y se admita cualquier tipo de artimaña de ingeniería financiera para mantenerlos a corto plazo, cada vez a más corto plazo.

Todo valía, no existía más ética que la de tanto tienes tanto vales y, al final la burbuja explotó. La lechera despertó de su cuento y nos dimos cuenta de que Friedman y sus “chicago boys” nos habían estado estafando. El mercado es incapaz de autorregularse. ¿Quién lo va a hacer si eso supone una merma en sus beneficios y el sistema te impele a la avaricia y a multiplicar las ganancias sea como sea?

Hace un par de meses, y en estas mismas páginas, pedía más Estado, más intervención y más regulación. Este corto lapso de tiempo nos está trayendo más dedicación de dineros públicos a salvar la esencia del capitalismo, la banca, al mismo tiempo que algunas mentes privilegiadas que parecen vivir en otro planeta se empecinan, cosa muy española, en seguir predicando las bondades de algo que, empíricamente hemos comprobado, no funciona: el sacrosanto mercado.

Hasta aquí historia conocida por más que algunos se empeñen en disfrazarla. Es posible que algún incauto se crea los lamentos de las plañideras del libre-mercado, pero todos deberíamos ser conscientes de que estas cobran por sus lamentos, ni siente ni se creen lo que dicen (bueno es posible que algunos aún sean capaces de ver al rey vestido, pero todos estaremos de acuerdo en que necesitan una rápida visita al oftalmólogo).

La cuestión es y ahora ¿qué? Obviamente podemos hacer como que no pasó nada, creernos que vivimos en el mejor de los mundos y que tras este susto, el mercado aprenderá y tomará las medidas necesarias para acentuar la autorregulación y modificar aquellas leyes que se hayan demostrado ineficaces.
Cometeremos un tremendo error si adoptamos esta postura. Esta crisis, al igual que todas las otras
pequeñas crisis que tuvieron su base en lo mismo, la falta de ética, la insolidaridad, el todo vale con tal de ganar cada vez más a costa de lo que sea. No se trata de algunos pequeños fallos en el sistema. Es el sistema en sí el que se ha demostrado inservible. No se trata de refundar el capitalismo si no de encontrar un sistema capaz de garantizar los mismos derechos para toda la humanidad.
¿Será la socialdemocracia la solución? ¿Keynes? ¿Ninguna de las dos y algo nuevo? Es el momento en que, con serenidad, reflexivamente, comencemos a pensar en cambiar el sistema. Está demostrado, hay que ser tonto para no verlo, que el actual no sirve y aunque la transición puede ser larga habrá que ir pensando en un sistema regulado por la ética y por valores, que viejos pero que nuevos al tiempo, como Libertad,  Igualdad y Fraternidad. Los tres juntos, por separado pueden dar lugar a situaciones aberrantes; los tres juntos, repito, son los únicos capaces de enderezar el sistema y encauzarlo en la senda de la auténtica libertad, la del mercado también, la verdadera igualdad, la de todos iguales en un mercado realmente libre, y la de la fraternidad para que dejemos de tener que apartar la vista del televisor o pasar rápidamente algunas páginas de nuestros periódicos cuando, de tarde en tarde y cuando la catástrofe alcanza cotas insoportables, nos enseñan imágenes que nos llenan de oprobio y vergüenza porque todos somos culpables, todos consentimos que el sistema se deslizara por los derroteros que nos llevaron a la situación actual.

El capitalismo está muerto, lo han certificado sus máximos impulsores. El mercado tal y como está  concebido hasta el momento, ley del embudo mediante, también. No perdamos ni tiempo ni energías en
tratar de prolongar la vida al moribundo, dejemos que se muera sino con dignidad, sí al menos en paz para, sobre todo, tranquilidad de quienes pensamos que otro sistema económico es posible y en el que
todos, absolutamente todos puedan disfrutar de las mismas oportunidades. Eso es libertad
de empresa y de mercado, no aquello en el que unos pocos son capaces de manipular hasta los extremos que hemos conocido unas escasas reglas en beneficio propio y en contra de la mayoría de la humanidad.

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