Retomar la sana costumbre de acostarse pronto y dejarse deslizar hacia el mundo de los sueños, acunado por las voces de los tertulianos, tiene algunas innegables ventajas como escuchar las perlas con las que suelen deleitarnos quienes hacen de opinar una profesión.
Hace un par de noches, escuchaba a Emilio Contreras (Cadena SER, que se le va a hacer, uno tiene sus manías y preferencias aunque haya de soportar a Carlos Mendo, antiguo jefe de prensa de Manuel Fraga y, ahora, demócrata de toda la vida. Cosas del contraste de pareceres y de la exclusión del pensamiento único) soltar la siguiente perla: “el Sr. Martín (el de Martinsa-Fadesa) también sufre en sus propias carnes el efecto de la crisis de su empresa. Su patrimonio se ha reducido en la misma medida en la que han bajado las acciones de su empresa en la bolsa“. Me imagino que el bueno de Contreras se habrá quedado tan ancho después de soltar una “boutade” como esta, y es que la tontería de medir la riqueza en función del valor de tus acciones es una moda que se extiende como una mancha de aceite olvidando, quienes tal cosa afirman, que valorar una fortuna en base a lo que valen sus acciones en un momento determinado es algo así como el cuento de la lechera. Las acciones valen lo que valgan en el momento justo en que se venden, exactamente igual que cualquier otra mercancía sujeta, alguna habrá más que esta?, a las misteriosas reglas de un mercado en el que siempre pagan los mismos los platos toros.
Volviendo a la cuestión de la crisis que nos azota, por más que el Gobierno se empeñe en tirar del diccionario de antónimos, sinónimos y palabras afines con tal de no llamar a las cosas por su nombre, creo que debemos situar la cuestión en sus justos términos:
- 1.-Amigos neoliberales y neocons, cada palo que aguante su vela.
Hay que tener mucho morro para pedir que el Estado, el denostado Estado, se convierta en salvador de fortunas. ¿Dónde fueron a parar los beneficios de la época de las “vacas gordas” del ladrillo?.
A lo mejor, lo que hace falta es una legislación que impida la dispersión de los beneficios entre sociedades fantasmas y que la mala gestión, fraudulenta o no, se pague con el patrimonio personal de quien haya sido “un águila de los negocios”. No es de recibo que el pato lo paguen, como siempre, los “curritos” (aquí entraría un amplio espectro que va desde los propios trabajadores de las empresas en crisis, hasta los diferentes y múltiples subcontratistas en los que se apoyan los buitres del ladrillo, ya que aquí, ahora, lo que se dice empresas constructoras solventes las que se dedican a la obra civil. Las “fadesas” y similares son meras promotoras que cobran cantidades “cash” a sus clientes, se financian al 100% con créditos hipotecarios y pagan, cuando pagan, tarde y mal a sus proveedores. - 2.-A ver si de esta aprendemos algo
Tampoco estaría de más que de esta etapa de vacas flacas se sacasen las oportunas enseñanzas sobre los problemas que acarrea el tratar de vivir por encima de las posibilidades de cada cual, confiando en que los tipos de interés sigan por los suelos y tirando de plástico a troche y moche. a lo mejor, sólo a lo mejor, es hora de cambiar de modelo económico y buscar uno que no se sustente en el consumismo más desenfrenado - 3.-Ayudas para quienes la necesiten, que no serán las grandes inmobiliarias
Como en todo este follón hay gente que corre el riesgo de perder hasta la camisa, perdón su piso, quizás sería bueno que el Gobierno, el Banco de España o quien sea el responsable, ponga en vigor algún tipo de mecanismo para que el sufrido consumidor no tenga que pagar los efectos de la mutua desconfianza existente entre las entidades financieras y es la que hace que el Euribor suba un día sí y otro también. El diferencial con el tipo de intervención del BCE es lo suficientemente escandaloso como para que se tomen cartas en el asunto. - 4.-Nada de subvencionar hipotecas con el dinero de todos
La propuesta anterior nada tiene que ver con el que el Estado se dedique a subvencionar los tipos de las hipotecas. Las empresas inmobiliarias deberían explicar como es posible que tras una bajada tan espectacular de tipos propiciada por nuestra entrada en el Euro, el esfuerzo necesario para comprar un piso sea superior al que se debía realizar cuando los tipos hipotecarios estaban al 15% o más
