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Disquisiciones dominicales

Domingo cualquiera de cualquier mes de diciembre en una ciudad antigua, de esas que son tan comunes en Europa, cuando la lluvia fina se empeña en deslizarse suavemente y la neblina reduce la visibilidad a algunos cientos de metros, lo suficiente para que el totémico monte que resguarda a la provinciana ciudad se difumine hasta casi desaparecer.

Una tarde que comienza a declinar, como música de fondo uno de los mejores ejecutantes blancos del blues, esa música esencialmente negra, a mi lado una taza de té y al frente la pantalla del ordenador que por unos instante se convertirá en un papel blanco sobre el que ir deslizando algunas ocurrencias dominicales, intrascendentes, o quizás no, pero intencionada y absolutamente ligeras.

Es domingo y para qué complicarse la vida cuando ya los periódicos son demasiado viejos,  y ya has comentado algo de lo que más te ha llamado la atención de una prensa local para la que lo más importante del día eran dos partidos de fútbol, el de la ciudad, y el del sempiterno “enemigo”, ese que habita a 28 kilómetros de distancia, en una rivalidad imposible por la diferencia de categorías que desde hace ya muchos años los separa.

En ese patio de vecinos que es la red social más poblada del mundo, dicen, se van desgranando noticias de amigos-amigos, amigos-conocidos, conocidos a secas y toda esa otra fauna a la que se puede etiquetar como ciber-amistades, esas personas -supones- de las que sabes aquello que quieren que se sepa, ¿real, inventado? da exactamente lo mismo, muchos se empeñan de forma permanentemente en reinventarse el pasado para adecuarlo a aquello que representan ahora, como si la historia de cada cual no la llevásemos cincelada en nuestros rostros de manera indeleble y olvidando, además, aquello de “primero se coge a un mentiroso que a un cojo”.

Y las mentiras fluyen a tanta velocidad que de una a otra se va olvidando lo dicho y aparece la contradicción, da igual, no escuchamos, y por tanto no nos percatamos de la incoherencia de lo que nos cuentan hoy con lo contado ayer.

Y Eric Clampton sigue sonando, y el té se va enfriando poco a poco en el mug, y de repente me percato de que hace años, allí al lado, a mi derecha, posado en el cenicero, estaría reposando el cigarrillo perenne que, probablemente y dada la hora, ya pertenecería al segundo paquete de Marlboro.

En fin, la tarde del domingo se desvanece cual humo de cigarrillo, imposible ya a estas alturas, y con ella los últimos días de las últimas vacaciones del año.

Salud

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