Jueves, Agosto 24, 2017
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La mujer del César

Por fortuna la vida política española se ha visto invadido por una marea de personas dispuestas a exigir que ésta sea algo diferente a lo que hasta ahora y desde hace muchos años estábamos acostumbrados a ver. Las exigencias de honestidad y comportamientos éticos están alcanzando unos estándares que es posible que tengan difícil traslación en nuestro entorno más próximo, y están comenzando a mostrarnos que existen demasiadas mandíbulas de cristal, por cuestiones que en ocasiones pueden ser incluso calificadas  de baladíes, entre nuestros políticos de viejo y nuevo cuño.

Está bien colocar el listo alto, todo lo alto que se pueda, pero debe tenerse en cuenta que la altura a la que se haya colocado es la misma para todo el mundo. También es conveniente, para no llevar sorpresas desagradables, que quien haya elevado el listón sepa que será escrutado con lupa  por aquellos que sean, o se sientan, incapaces de dar el nivel requerido. No se pueden usar dos varas diferentes de medir, una para quienes ocupan el poder desde decenios y otra para quien llega de nuevo; quien tenga algún esqueleto en el armario será mejor que lo airee más pronto que tarde pues es mucho más fácil explicar ex ante que a posteriori.

La situación está provocando, además, el renacimiento de un nuevo arte, practicado con suma habilidad por D. Alfonso Guerra en la tan denostada, en ocasiones con razón y en otras con no demasiada, Transición cuando se defendía de las acusaciones de corrupción por las actuaciones de su hermano, pecata minuta por cierto en comparación con lo que vino después con el Partido Popular o el propio PSOE, apelando a una suerte de manía de “los señoritos del cortijo de la derecha” en contra de quienes habían venido a poner las cosas en su sitio.

Asistimos un día sí y otro también a la salida en tromba, para justificar actuaciones de todo punto injustificables, de quienes se erigen con gran parte de razón en defensores de una nueva manera de entender la dedicación a lo público, y quienes así actúan no deberían olvidar que la honestidad bien entendida, al igual que la caridad, empieza por uno mismo y que el que la hace la paga sea de los “nuestros”, sobre manera si es de los nuestros, o de los “otros”. Es la única manera de que por dejar pasar una nimiedad el tiempo no nos traiga lodos abundantes.

Quienes andamos metidos en esa cosa del filosofismo masónico sabemos bien lo que es la exigencia del deber, conocemos lo difícil que resulta ser juez y aprendimos que dirigir es algo más que mandar, también que la justicia es importante y que la venganza no tiene lugar más allá de un instante de obcecación. Quizás por todo eso sabemos que el nivel y la regla deben ser manejados con exquisito cuidado y que antes de salir en tromba a defender a nadie lo mejor es asegurarnos que no existe la más mínima mácula. La exigencia empieza por uno mismo y después se traslada a los demás y no al revés.

Y finalmente, no olvidemos que “No basta que la mujer del César sea honesta; también tiene que parecerlo”

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